El Testaduro Malformado es la encarnación literaria de la contradicción, la vulnerabilidad extrema y la resistencia psíquica. Se define no como un autor convencional, sino como un «poeta de cuarta» y un observador cínico de su propio naufragio. Su seudónimo refleja una identidad forjada en la «testarudez» de seguir existiendo a pesar de una estructura interna que él mismo percibe como «malformada» por la depresión, la ansiedad y los fármacos.
Ejes Centrales de su Identidad:
La Dualidad de la Máscara: Su obra explora constantemente la brecha entre la fachada de normalidad o felicidad que proyecta ante la sociedad («ustedes me ven feliz») y la realidad interna sostenida por antidepresivos, antipsicóticos y sustancias. Es un ser que «solo tiene que no ser él» para poder funcionar en el mundo.
La Estética del Desecho y lo Crudo: Escribe desde la «suciedad» emocional, rechazando la decencia literaria en favor de un «balbuceo rebelde». Su narrativa, especialmente en obras como Yo, este era una vez, se aleja de la autocompasión para abrazar una honestidad brutal sobre la soledad, el deseo y la decadencia física y mental.
La Teología del Dolor: Presenta una relación conflictiva y visceral con lo divino, donde «Dios es cruel y de todo tiene la culpa». El Testaduro no busca redención, sino un espacio para denunciar la injusticia de la sensibilidad extrema en un mundo que demanda indiferencia.
La Escritura como Necesidad Fisiológica: Para él, escribir no es una vocación artística elevada, sino una respuesta casi mecánica a su estado: «Primero me siento, luego escribo». Sus textos son una «exposición del Yo» donde el autor se disecciona a sí mismo sin anestesia.
El Antisocial Consciente: Se reconoce como un ser antisocial y «un poco cobarde», cuya única valentía reside en la confesión pública de sus miserias a través de sellos como Ediciones La Testa Dura.
En resumen: El Testaduro Malformado es la voz de quien ha aceptado que está «en pedazos» y ha decidido hacer de esos fragmentos una obra literaria que incomoda, cuestiona y, sobre todo, sobrevive. Es el cronista de la vida que «roza», que hiere y que se narra desde la honestidad de una crisis permanente.

